Como seguramente durante una o dos semanas no vamos a bucear, así que os escribo este texto (copiado y adaptandolo un poco) que me ha encantado y me he sentido identificado... lo reconozco... es como una enfermedad o una adicción que solo pueden entender unos pocos que también estan enganchados. Disfrutarlo como lo he hecho yo:
Un dia una idea se te cruza en tu camino... bucear: un amigo te animó, visté un documental en la TV, durante unas vacaciones... sea como sea, esa idea llegó a ti.
Te apuntas a un curso. Tras un laborioso equipamiento (te sientes astronauta) y cuatro explicaciones, descubres que puedes respirar sin problema a medio metro de profundidad. De momento, las sensaciones (silencio, aislamiento, ingravidez) son interesantes. Unos días más tarde, en ese momento en el que tienes 10 metros de mar por encima y el azul por debajo, una selva de esculturas esponjosas alrededor y los peces de colores mirándote a los ojos, lo entiendes todo.
...y entiendes por qué hay miles de zumbados que viajan por el mundo con varios kilos de cacharros a la espalda no precisamente baratos. Su objetivo: meterse en el mar una y otra vez sin quejarse por pegarse buenos madrugones, por levantar pesadas bombonas de aire comprimido; pegar saltos en una zodiac, llueva o haga sol, o meterse en una faja de cuerpo entero para pasar mucho frío. Y encima pagar por ello.
Años después sigues integrado en la legión de colgados por el buceo y tus vacaciones continúan mediatizadas por una sola palabra. Aunque recuerdes veranos en los que temblaste más que en el más crudo de los inviernos, cada vez que te hundes en el mar -es decir, en otro mundo- das gracias a quien puso aquella idea en tu camino.
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